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Pequeños grandes gestos en el duelo

  • martes 16 de junio de 2015

El proceso de duelo es un continuo proceso evolutivo repleto de pequeños detalles que a veces son grandes gestos que nos demuestran a nosotros mismos que la vida avanza con nosotros y junto a las personas que nos rodean y amamos. Son momentos en los que uno puede sentir que se reconcilia un poco con la existencia o puede entender que todos merecemos una, dos y tres oportunidades para volver a ser felices. Este es el camino del duelo en el que deseamos podáis recuperar la esperanza.

 

Una lectora amiga de esta casa nos ha pasado este bonito escrito en la que explica una situación cotidiana pero que encierra un gran significado. La muerte de un hijo es sin duda una de las experiencias más demoledoras que una persona puede vivir, por eso, es grandioso cuando leemos experiencias de crecimiento y superación. Cristina nos regala su relato y lo compartimos porque estamos seguras que muchas de vosotras os podréis sentir identificadas.

 

Ayer hice por primera vez en dos años y dos meses tortilla de patatas.

 

Es imposible no asociarla a él… Habían muchas comidas mías que le gustaban: Los macarrones, el lomo rebozado, las fresas con nata… Pero la tortilla era especial…

 

Desde que percibía el olor, si estaba en casa, venía a la cocina y decía: “¡Uhmmmm, tortilla! ¡Guárdame un trozo para el bocadillo de mañana!“

No he podido comerla desde ese fatídico día. Es superior a mis fuerzas, lo he intentado pero se me revuelve el estomago, se cierra en banda mi celebro; no sé, es una sensación muy rara y desagradable. De todas maneras, yo puedo pasar sin comerla. Me hago una tortilla francesa o huevos fritos y patatas y ya está. Diréis que al fin y al cabo es lo mismo, ¿no?

 

No, no es lo mismo. Era su comida preferida por encima de todas y hacía que me sintiera la mejor cocinera, la mejor madre que le da a su hijo lo que mas le gusta….

 

Pero ayer pasó lo que hacía tiempo que esperaba que pasara: Cristina me preguntó que qué había de cena y yo le contesté que lo que ella quisiera; abrió la nevera y dijo: “tortilla de patatas, hace mucho que no comemos…” El corazón me dio un vuelco. Se produjo en mi interior una lucha; quería darle a mi hija lo que me pedía, pero mi corazón se cerraba en banda. Y pensé que era el momento de enfrentarse con esa barrera?, reto?, recuerdo?…

 

Temblaba cuando cogí los huevos de la nevera, hasta pensar que se me podían caer, las patatas, la cebolla… Intentaba disimular mi miedo y contestaba a la conversación que tenia Cristina conmigo aunque mi cabeza estaba en otro sitio, o mejor dicho, con otra persona.

 

- ¿Sabes desde cuando no hago tortilla de patatas? - Le dije, enfrentándome a mi temor -Desde que no esta el tete. 

 

- Pues por eso, ¡ya es hora de que hagas! – contestó.

 

Una vez mas, me demostró su madurez. Creo que inconscientemente siempre nos ha ayudado, mi hija, mi niña, mi razón de ser y estar…

 

- Y no te preocupes si no te sale muy bien, ¡hace mucho que no la haces! - añadió, dándome a entender que comprendía mi torpeza; seguramente la notaba.

 

Creo que intente imaginármelo allí, a mi lado, revoloteando por la cocina, como hacia siempre y diciéndome: ¡Venga mama! ¡Tu puedes!

Como hacía siempre. Él era de los que creía que las cosas se consiguen si uno quiere, si realmente crees en tus posibilidades, si pones todo tu empeño y fuerzas…

 

Digo que creo que me imaginé que estaba allí porque yo no creo en presencias ni en fenómenos paranormales; él se fue ese día que el destino eligió y no creo que él esté viendo todo lo que está ocurriendo desde que no está, aunque algunas cosas le gustaría y otras le daría rabia no poder disfrutarlas o dar su opinión.

 

Es lo mismo que los sueños, he soñado con él muchas veces. En ellos me cuenta que está bien, dónde ha estado, que quería ir al cole y hacer los exámenes que estaban haciendo, que ya se había curado y que iba a coger la bici otra vez -ese fue muy fuerte-, que ahora era mayor de edad y podía hacer lo que quisiera sin que nadie ni nada se lo impidiera… Solo son sueños en mi cabeza en los que sé lo que él quería, le importaba, le gustaba, solo sueños aunque, a veces tan reales, que volver a la realidad resulta muy duro.

 

Bueno, volviendo a la tortilla, aquello fue cuajando, su olor me daba nauseas. ¡Con lo que a mi me gustaba la tortilla! Mi cuerpo la rechazaba sin más, es como que no admitía mi voluntad de tirar para adelante y pasar pagina a esta historia un poco absurda, creo yo.

Mi hija, a mi lado, miraba mis movimientos ansiosa de comer aquel manjar que hacía tanto que no probaba. Le di la vuelta con el plato y ya se vio la forma definitiva de la tortilla. ¡Perfecta! 

 

La dejé en la mesa, mirándola, como quien mira algo muy apreciado que no va a poder disfrutar, que no quiere disfrutar sino lo va hacer su hijo, si no puede saborear esa mezcla de huevos y patatas que tanto le gustaba. Corté un trozo para mi hija y me senté a ver como se la comía. Estaba orgullosa de haber hecho una tortilla que deseaba mi hija y se la estaba comiendo con tanto gusto. Ella sí podía disfrutar de ese sabor como de tantas otras cosas que le ha dejado su hermano y ahora son de ella.

 

Aunque tarde mucho tiempo en comer tortilla de patatas, cuando me la pida mi hija, se la haré, sin miedos, sin temblores…. Tiene todo el derecho del mundo de disfrutar de los placeres de la vida, y no seré yo quien se los niegue, aunque me cueste, aunque ría por fuera y llore por dentro. Ella se lo merece.

 

Cristina Morote Herrera

Ilustración: Sami Sand

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